viernes, 4 de marzo de 2016
Caricias sin rostro
Quizás no haya visto su rostro de cerca, mis ojos se nublan ante el pensamiento de poner rostro al nombre que mis labios delirantes susurran. Mis manos parecen conocer cada centímetro de su cuerpo, la yema de mis dedos sabe el camino exacto trazado por cada uno de sus lunares en la pálida piel. Yo conozco su cuerpo.
No. No, lo hago.
Mis manos son las que conocen aquello que mi mente aún no logra procesar, ellas son las que sienten su piel tibia, ellas lo han sentido. Y aún así, no lo he visto.
Mis caderas forman la curva más peligrosa que alguien haya domado, pero el parece saber la clave, él sabe manejar a través de ellas, y mi cuerpo sabe adorar cada caricia que me proporciona. Pero no hay calor, no siento el calor de sus palmas, aún así mi cuerpo parece saber que sus manos se deslizan por cada curva de este.
Aprieto mis parpados con fuerza mientras obligo a mi mente para que reciba todo lo que mi corazón siente, aun si eso es imposible. Yo sé que mi corazón siente el calor de sus caricias, aún si yo no lo hago. Pero el errático latir me hace saber que lo hace, lo siente. Así como mis labios y voz saben a quien llamar, aún si mis ojos no saben de quien se trata.
Las lágrimas se deslizan silenciosamente por mis mejillas para terminar en las sábanas de mi cama, las mismas sábanas que se arrugan ante el fiero agarre de mis manos mientras mi espalda se arquea. No oigo mis gemidos, pero si oigo claramente como mi corazón grita fuertemente que esta amando fervientemente al dueño de esas caricias. Le ordeno a mi cerebro que despierte, porque necesitamos identificar al hombre que cada parte de mi cuerpo esta amando, a pesar de que las caricias son como la brisa matutina sobre mi piel. Sin una pizca de calidez.
Finalmente abro mis ojos, y todo vuelve a ser como siempre. La habitación vacía mientras mi pecho esta agitado y el corazón sigue gritando.
Observo cada rincón de la habitación, esperando encontrar al responsable. Pero mi cerebro sabe que no hay nadie, a la vez que mi corazón calma sus gritos y los reemplaza por el llanto. Estoy desconcertada, pero como siempre, recibo la verdad cuando todo se queda en silencio.
El hombre sin rostro ha venido, y se ha apoderado de mi corazón, quien desde hace un tiempo lo esta amando con locura. Pero esa es la razón de que mis ojos no se abran hasta que el se haya ido como la bruma, porque si mis ojos se abren, sus caricias tendrán rostro, y para mi cerebro será imposible borrar la belleza de sus ojos, su rostro completo. Y si eso sucede, ya no solo mi corazón sufrirá, sino que todo mi sistema estará invadido por él y lo anhelara cual tesoro fuera. Seré completamente yo, en cuerpo y alma quien se marchite de la tristeza al saber que solo estoy presente en sus sueños.
Estamos presentes en nuestros sueños. Y esa es la razón para esperar que el destino se apiade de nuestros jóvenes corazones, para disminuir la distancia y sentir el calor de nuestras fervientes caricias. Pero sobre todo... darle rostro a nuestras caricias.
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